“El extranjero”, obra clásica de la literatura existencialista de la primera mitad del siglo XX, relata la historia de un personaje cuya ausencia de emoción y de motivaciones para vivir reflejan el espíritu de una sociedad europea que, tras dos guerras mundiales, experimentó un sentimiento desgarrador de desesperanza, sentimiento que no es ajeno a ningún ser humano en algún momento de su vida, sean cuales sean sus circunstancias.

 

 

1940, los nazis sorprenden Francia

Nadie, ni siquiera los propios nazis, esperaban que la victoria sobre Francia fuera tan contundente y relativamente breve. Se sabía que los galos poseían no sólo uno de los mejores ejércitos sino la Línea Maginot, una barrera defensiva de alta tecnología, por lo cual una posible guerra contra los alemanes duraría al menos varios años... Sin embargo, la estrategia de la blitzkrieg (la “batalla relámpago”, ideada por el general Heinz Guderian) sorprendió a los franceses. Básicamente era la puesta en práctica de aquel dicho popular que dice: “El que pega primero, pega dos veces”. La necesidad de que este golpe fuera radical y sorpresivo, y su aplicación eficaz, resultó tan brutal que, apenas en mes y medio, Francia había pasado a convertirse en dos países: la ocupada, que incluía París y el norte, y el llamado Estado francés, que sobrevivía con autoridades locales desde la ciudad de Vichy hacia el sur. En ambos lugares la ocupación no sólo era física, con patrullas de soldados alemanes avanzando por las calles francesas, sino ideológica, al comenzar a trasladar y aplicar sus costumbres administrativas y legales, por la vía burocrática, para el sometimiento del enemigo.

Ante un escenario tan dramático, con el país sin libertad, vencido y humillado, ¿tenía sentido la vida? El joven escritor argelino (entonces Argelia dependía de Francia) Albert Camus lanzó su respuesta filosófica en un libro demoledor: El extranjero.

 

Camus escribe

Camus había tenido una infancia pobre, pero relativamente feliz en su natal Argelia (independiente de Francia desde 1966), donde tuvo maestros que encauzaron su despierta inteligencia. Sus lecturas adolescentes del filósofo Nietszche, así como el horror que había sentido ante los conflictos bélicos (su padre murió en el frente durante la Primera Guerra Mundial, dejándolo huérfano a un año de edad), lo orillaron a cultivar las letras y a plasmar en ellas un pensamiento de lucidez desesperanzada. Y aunque Camus negaría el término “existencialista”, es decir, aplicado a aquellos que creían en la verdad de la existencia sin necesidad de que tuviera un origen o una justificación transcendental, sino como cosa natural del universo, las respuestas de sus personajes lo situarían entre ellos. No obstante, en su ensayo El mito de Sísifo, donde examinaba el suicidio como respuesta ante el vacío, terminaría por abogar a favor de la vida.

Aunque una traducción más fiel del título L’etranger podría ser El extraño, la novela El extranjero relata la historia de Meursault, cuya ausencia de emoción y sentimentalismo, de auténticas motivaciones para vivir, no puede ser sino reflejo del espíritu de esa época en que los seres humanos comenzaban a ser tratados como una masa informe, desechable.

La tragedia de Meursault es su indiferencia ante la vida. Ni la muerte de su madre lo conmueve ni la despide llorando de agradecimiento, como se esperaría de un buen hijo. En el plano amoroso, le da lo mismo casarse con una mujer a la que no ama. Y un día, más por el calor, el sol, que por un odio o un malestar verdadero, termina asesinando a un árabe en la playa.

En el juicio que se le sigue por ese hecho se esgrimen posiciones religiosas, morales y sociales sin que hagan mella en el vacío existencial del personaje, que incluso ve sin miedo ni ansiedad que su caso comienza a inclinarse hacia su ejecución. Continuamente se le presentan oportunidades de librar la condena si transige con las ideas reconfortantes para la sociedad, como la creencia en otra vida o el acto de rendir pleitesía al amor, incluso al grado de la hipocresía. Bastaría besar el crucifijo del juez o apelar a la tristeza y el shock por la muerte de su madre, para enternecer a un jurado xenófobo que pasaría por alto esa muerte por tratarse de un árabe...

Cuando Albert Camus terminó de escribir esa breve novela tenía 27 años de edad. Francia llevaba alrededor de un año de haber sido ocupada.

 

La censura enemiga

¿Cómo pudo ser posible que un libro que apelaba a la libertad más radical, incluso en relación de las costumbres morales, hubiera podido publicarse en aquella coyuntura de ocupación? La dirigencia nazi había cerrado editoriales y acallado periódicos. El propio Camus había tenido que ir a vivir de regreso a la casa materna en Argelia, pues aparecía en la lista de escritores prohibidos por el nuevo régimen. Sería la figura tras bambalinas de un funcionario público alemán, el teniente Gerhard Heller, encargado de la censura, la que resultaría fundamental para dar a conocer El extranjero.

Individuo raro dentro del régimen nazi, Heller fue enfermizo desde la juventud, no fue parte de las “juventudes hitlerianas”, ni prestó servicio militar por sus condiciones físicas, pero era un gran lector de francés, había estudiado su literatura a fondo y resultó que nadie estaba más preparado que él para ejercer el oficio de censor. Durante todo el tiempo de la ocupación leyó aproximadamente 800 títulos, un libro cada dos días. Gestionó la reapertura de editoriales que los alemanes habían clausurado, como Gallimard, y, además de involucrarse en la vida intelectual de la Francia ocupada, permitió la impresión de obras que incluso le provocaron dificultades ante sus superiores. Una de ellas fue, sin duda, El extranjero.

 

El compromiso

El libro y su chocante amoralidad fue dado a conocer en París y casi de inmediato cosechó el éxito. Y aunque había voces que acusaban de “colaboracionistas” a quienes publicaban bajo ese régimen político de excepción, lo cierto es que Albert Camus, a partir de 1943, fue parte importante del área de prensa y propaganda del Combat, una de las ramas más eficaces de la Resistencia francesa. El peligro rondaba cerca y decenas de contactos de esa red fueron descubiertos, deportados o fusilados.

Por eso mismo resultó una agradable sorpresa para los franceses averiguar, una vez verificado el desembarco en Normandía y la liberación de Francia por parte de Estados Unidos, Gran Bretaña y el general De Gaulle, que entre los editores del periódico clandestino, el cual en 1944 llegó a distribuir más de 10,000 ejemplares, se hallara Albert Camus. Después de todo, aquel propulsor del absurdo de la existencia no había militado de manera tan radical en su propia teoría como para desentenderse del mal que frente a él y sus conciudadanos se había aparecido.

  


 

* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

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