Provenientes de la costa, donde controlaban las mercancías procedentes del Golfo de México y del sureste, los olmeca-xicalancas (grupo multicultural integrado por teotihuacanos, olmecas, mayas, xicalancas, nahuas y mixtecas, debido a las rutas y pueblos con los cuales comerciaban) se establecieron en el Valle de Puebla-Tlaxcala, haciendo de la ciudad de Cacaxtla su capital. ¿Qué fue lo que motivó el declive de la ciudad y la desaparición del grupo, hacia el año 1000 de nuestra era?  

 

Año 1008, ciudad de Cacaxtla-Xochitécatl, en la tarde

El ruido de la tierra que rugía los envolvió por sorpresa y provocó que los olmeca-xicalancas, habitantes de las cimas de los cerros, dejaran a un lado la labor que realizaban y voltearan hacia la columna de humo negro que ascendía desde el Popocatépetl y se iba adentrando hasta lugares impensables en lo más profundo del cielo. No se necesitaba ser un sacerdote conocedor de arcanos secretos para saber que esa erupción era un duelo entre dioses terrestres y aéreos, cuyo resultado, como siempre, afectaría sobre todo a los humanos.

Y eso les quedó absolutamente claro cuando la nube se inclinó hacia ellos, cubriendo todo rastro de azul y provocando una súbita noche que se llenó de gritos y llantos desesperados, cuyos ecos se perdían en las sordas cañadas.

  • Algunos autores sugieren que la erupción del Popocatépetl en el siglo XI pudo haber alcanzado los 25 kilómetros de altura, lo suficiente para ser visto a más de 100 kilómetros de distancia.

Un edén roto

La gente rogaba angustiada que la vida volviera a ser como aquella misma mañana, cuando la ciudad parecía más próspera que nunca. El río Atoyac fluía despacio a un costado del monte coronado por Xochitécatl y, al norte del sitio, la hermosa laguna espejeaba los rayos del sol como si parpadeara. A esa hora ya los pescadores habían atrapado carpas para venderlas en el tianguis y los devotos enfermos habían acudido al manantial de la cañada a buscar el agua sagrada. Los campesinos que vivían a las faldas de las ciudades ya habían trabajado sus chinampas y arrancado las plantas dañinas al maíz y a las calabazas. Por los bosques cercanos los cazadores ya rastreaban venados y las artesanas trabajaban el barro de las figurillas femeninas que serían ofrendadas durante las celebraciones.

En la ciudadela la nobleza caminaba con aire indolente frente al colorido y vívido Mural de la Batalla, que celebraba la victoria de los hombres-jaguar sobre los hombres-ave, mientras los sirvientes se afanaban en limpiar las estancias y la plaza central. Todas las actividades habían transcurrido con relativa normalidad hasta que el sonido brutal de la tierra los despertó a aquella realidad de fuego y ceniza.

  • Los registros señalan que la laguna que había cerca de Cacaxtla abarcaba 540 hectáreas. En los años setenta del siglo pasado fue drenada para ampliar los terrenos de cultivo.
  • Algunas investigaciones señalan que los hombres-ave poseen rasgos mayas, por lo que Mural de la Batalla de Cacaxtla (una de las pocas pinturas murales prehispánicas que han sido descubiertas, y de las más importantes) puede tratarse de un evento bélico ocurrido en la realidad, mientras que los hombres-jaguar victoriosos representarían el tipo otomí de los habitantes de ese sitio.
  • Las estatuillas femeninas halladas en la Pirámide de las Flores de Xochitécatl indican el papel activo y protagónico de las mujeres en las festividades de esta cultura.

Un favor del adversario

Los gobernantes enviaron mensajeros a las otras grandes ciudades. De Cholula, a 25 kilómetros de distancia sólo recibieron noticias calamitosas: también sobre ellos, los constructores de la Gran Pirámide, había caído el manto de ceniza y piedrecillas ardientes. En cambio, el mensajero que había partido a Tula retornó en la madrugada con palabras igual de desagradables y una esperanza. La nube de polvo negro no había llegado a aquella región, por lo que el “topiltzin” se daba el lujo de interpretar que su desgracia era una clara muestra de que los dioses eran favorables a ellos y no a los de Cacaxtla, que tanto tiempo habían permanecido independientes frente al poderío de Tula.

“Pero nuestro señor es magnánimo y se duele de su castigo —continuó el mensajero, repitiendo palabra por palabra lo que se le había dicho—, por lo que ofrece que abandonen en paz estas tierras y vuelvan a caminar los caminos, como cuando nuestros abuelos partieron de la gran Teotihuacán. Les invita a dirigirse al sur, hacia Chichén Itzá, y sean sus servidores y sus ojos en aquellos reinos también suyos, donde ustedes serán premiados con no encontrarse con otra montaña jamás”.

Los sacerdotes se negaron a ese plan que los empujaba hacia la ciudad más “tolteca” de los mayas. Sabían, gracias a sus comerciantes y a sus espías, lo que implicaba un viaje hacia aquellas regiones. Eran largas jornadas hasta llegar al mar y bordear la costa en barcas hasta arribar a Isla Cerritos, en Yucatán, el principal puerto de Chichén Itzá. A partir de allí se internarían en la selva a través de un sacbé que los llevaría a aquella ciudad de la que se admiraba su juego de pelota más monumental, además de la ondulante Pirámide de Kukulkán, que en los equinoccios hacía descender la sombra de una serpiente a través de sus escalones. Pensaron los sacerdotes que era tentador no estar cerca de otro gigante de tierra que les arrojara su aliento de esa forma. Pero el viaje, simplemente, suponía avanzar con ancianos, mujeres y niños que no estaban en condiciones de afrontar los obstáculos, a pesar de la segura custodia de los guerreros-jaguar. La duda sobre el futuro recorrió las miradas esquivas de los allí reunidos.

  • La relación de Tula y Chichén Itzá es notoria debido a varios rasgos compartidos: esculturas de Chaac-mol, estructuras circulares, representación de guerreros en las columnatas, bases de muro en talud, columnas con forma de serpiente y atlantes con adornos.
  • “Topiltzin” (“Gran Señor”) era la forma en que los mexicas nombraban a los reyes de Tula, de quienes decían descender. Sus historias señalan a Ce Acatl Topiltzin Quetzalcóatl (quien reinó entre 1029 y 1040) como uno de los grandes monarcas de la antigüedad.

La partida

El amanecer reveló el tamaño de la desgracia: la laguna estaba anegada y peces muertos flotaban sobre las aguas, las milpas de las chinampas se doblaban tiesas bajo el peso de la ceniza y la gente tosía por las partículas suspendidas que se les metían por las narices. Al fondo, el volcán no cesaba de arrojar al aire su cortina de humo. Al cabo de dos semanas el ambiente se tornó insoportable. Fue entonces que los sacerdotes ordenaron la movilización. La gente recogió sus pertenencias más preciosas, más prácticas y útiles.

“Iremos a una nueva tierra”, prometieron los gobernantes, y tras de ellos, que iban escoltados por los guerreros-jaguar, partió el pueblo entero. ¿De verdad podrían alcanzar Chichén Itzá?, se preguntaron. Bajaron lentamente los montes, dejando atrás a la rica Cacaxtla-Xochitécatl, hasta llegar a la llanura, y se perdieron de vista, opacados lentamente por la bruma gris del polvo que, con el paso de los días y los siglos, convertiría sus templos en montecillos llenos de vegetación, testigos mudos de que los designios de los dioses son imposibles de imaginar.

  • No se tiene certeza de qué pasó con los habitantes de Cacaxtla-Xochitécatl tras su partida. Se puede apuntar que quizá se fragmentaron y se asentaron entre las culturas otomíes semejantes a la suya que vivían en Otumba o incluso en la misma Tula.

 


 

* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

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