En este relato el autor nos conduce a las rutas del México antiguo en el intento de los conquistadores españoles por dominar la parte central del actual territorio mexicano, de costa a costa, frente a la resistencia de los tarascos y los colimecas.

 

Mediados de 1522

Habían pasado 10 meses de la caída de Tenochtitlan y la expedición del capitán Montaño regresaba con noticias de que atrás de las montañas, al poniente de la laguna, había hallado más provincias para ser sujetas al poder de la Corona.

Cristóbal de Olid, capitán de bergantín e incondicional de Hernán Cortés, sintió llegado su momento de continuar la expedición iniciada por éste y, tras obtener su venia y su apoyo, se dirigió hacia el país de los tarascos, sobre quienes recibían noticias acerca de metales. Esperaban encontrar el elemento que los sanaría de la “enfermedad del corazón de los españoles”: el oro.

Olid salió a mediados de 1522 de la muy transformada Tenochtitlan, que en ese tiempo había comenzado a cambiar irreversiblemente sus pirámides por iglesias. Comandaba a 40 jinetes y a 100 infantes, además de un número indeterminado (pero significativo) de guerreros tlaxcaltecas.

Avanzaron por los senderos entre las montañas que los mexicas habían utilizado en incontables ocasiones para comerciar con los matlatzincas, en el actual Toluca, o precisamente para enfrentar a los habitantes del actual Michoacán. Los españoles bordearon la frontera con el reino tarasco a través de Ixtlahuaca, Zitácuaro, Tuxpan, Taximaroa (hoy Ciudad Hidalgo) y Maravatío, buscando cuál sería el mejor sitio para adentrarse hacia Tzintzuntzan, la capital donde regía el cazonci Tzintzicha, recién investido un año antes, a la muerte de su padre Zuanga por la viruela. Antes de que un español asomara su rostro ante ellos, las enfermedades europeas ya habían tomado posiciones importantes.

 

Una conquista tersa

Entre los tarascos cundía la zozobra y la inquietud. ¿Estos seres montados en animales inimaginables eran los dioses esperados por las profecías o también eran hombres? ¿Cómo era posible que hubieran acabado con el reino de Moctezuma II en unos cuantos meses, cuando la enemistad con ellos se prolongaba por incontables años sin que la balanza se inclinara hacia ningún bando? Cuinangári, hermano del cazonci Tzintzicha, se ofreció a oponer resistencia a esos extranjeros en Taximaroa.

Pero mientras Olid ya era un auténtico veterano en la lucha contra los indígenas, los tarascos nada sabían de sus tácticas de guerra. El retumbar de los cañones y el daño que hicieron entre sus filas fueron suficientes para dispersarlos y dejar en sus manos a Cuinangári. Custodiado por matlatzincas y tlaxcaltecas, fue enviado de vuelta con su hermano para avisarle que los españoles venían en son de paz. Con reservas ante las noticias de su poderío bélico, el cazonci dejó su capital para ir a refugiarse a Uruapan (al tiempo que hacía correr la noticia de que había muerto ahogado) y dejó a cargo al hermano vencido. En la disyuntiva de oponerse a la llegada de los españoles o aceptarlos, la población quedó en suspenso y optó por lo segundo: recibir a quienes a partir de entonces no perderían el control de esas tierras, aunque no sin dificultades y rebeliones.

 

Rumbo al sur de Jalisco

Cuando se reveló que el caconzi Tzintzicha no había muerto, el propio Cuinangári fue a buscarlo, asegurándole que los españoles habían ido en son de paz… Vuelto a su antiguo reino, las cosas ya no eran las mismas. En un par de ocasiones fue enviado a Coyoacán, donde conoció a Cortés, y a quien le contó de las tierras más allá de su reino: de la provincia que dominaba Coliman.

El conquistador había enviado una expedición comandada por Francisco Álvarez Chico a través de los caminos usados por los comerciantes y los recaudadores de tributos de los mexicas. En el llamado Paso de Alimán, cerca del actual Tecomán, resultaron confrontados y derrotados sin miramientos, por lo que, al recibir esta noticia, Cortés encargó que el mismo Cristóbal de Olid fuera hacia allá.

Para Olid, aquello se perfilaba como la campaña de la que podría obtener más tierras y, con toda seguridad, oro a manos llenas. A finales de 1522 realizó un primer avance por el sur de Chapala, a través de las poblaciones de los actuales Jacona, Jiquilpan, Tamazula, Mazamitla y Zapotlán, antes de volver con las noticias de que aquellas regiones resultaban de mucho interés, por tener minas.

 

Segunda expedición

Para 1523 Olid fue comisionado para obtener aquellas riquezas pero ahora debía encaminarse por Zacatula, en la costa al sur de la capital tarasca, en la desembocadura del río Balsas (cerca del actual puerto de Lázaro Cárdenas). Allí tenía la misión de contribuir a la construcción de tres navíos y después ir costeando la región.

Sin embargo, la mente de quienes lo escoltaban, como la del teniente Juan Rodríguez de Villafuerte, volaba ante las historias que escuchaban de los indígenas que los acompañaban. En el teniente fue muy seductora la idea de que Cihuatlán (de Cihua, “mujer”, y tlan, “lugar de”) era la mítica Amazonas. Y así, decidió marchar hacia allá sin el permiso de Olid para conseguir una conquista que lo llenara de gloria. ¿No acaso el propio Cortés había traicionado al gobernador de Cuba y capturado Tenochtitlan? ¿Por qué él no podría hacer lo mismo? Además, por más feroces que fueran los indígenas que encontrara, no estarían lo suficientemente entrenados para resistirse ante la superioridad de su armamento.

Pero Villafuerte no tenía la astucia ni la malicia de Cortés, por lo que al llegar al Paso de Alimán, donde había muerto Álvarez Chico, también fue emboscado por los colimecas y derrotado vergonzosamente. Regresó como pudo en dirección al sur, seguido de los gritos de los guerreros, hasta encontrar Zacatula, donde Olid lo tomó prisionero por desobediencia y lo envió a Tenochtitlan a que encarara la responsabilidad de haber demorado con su osadía la conquista de las tierras de Coliman, el hueytlatoani que no se dejaría vencer con facilidad.

El desastre de la expedición de Olid enervó a Cortés (así como la llegada de su esposa, evento que clausuraba su relación extramarital con la Malinche). De inmediato ordenó a otro de sus capitanes, Gonzalo de Sandoval, que partiera hacia dicha provincia y se encargara de dar solución al problema. El tercer acercamiento de los españoles fue el decisivo y, tras la muerte de Coliman, aquellas tierras pasaron a formar parte de la Corona española, con lo que la parte central del actual territorio mexicano, de costa a costa, quedaba por primera vez descubierta y asegurada.

 

 


 

* Escritor de ficción narrativa y autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016) y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

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