Un hijo parte apresuradamente en busca de su padre, que está a punto de morir, desde Colima hasta Querétaro. Acompáñalo en esta travesía que lo pondrá en contacto con las culturas prehispánicas de Occidente y el Bajío a través de los cuerpos de agua de Ciudad Guzmán, Sayula, Chapala y el río Lerma.

 

 

Una última voluntad

“Su padre morirá pronto en Tula. Se ha ofrecido a sí mismo en sacrificio porque se le rompió un pie... en un accidente”, explicó el viejo mercader a los hijos de su hermano, en cuanto llegó a El Chanal. Se retorcía las manos de nervios y desviaba la mirada.

“Quiere que uno de ustedes le lleve su querida Serpiente Emplumada. Que ya saben dónde está. A pesar de estar lastimado y de tener grandes calenturas, los sacerdotes han aceptado que se presente así ante los dioses en 30 días. Ahora sólo quedan 10. Él me ha pedido que les manifieste cómo es el camino. Yo también he dicho, en cada lugar por donde pasé, que uno de ustedes volverá pronto. Por eso, si siguen mis indicaciones, no habrá problema y estarán a tiempo para cumplir la última voluntad de su padre”.

  • El Chanal fue un importante asentamiento y centro ceremonial prehispánico ubicado a las faldas del Volcán de Colima, cuyo apogeo ocurrió entre los años 1100 y 1400 d.C. Los arqueólogos suponen que ahí los sacerdotes recreaban mitos y ritos en los que realizaban ofrendas y pedidos a dioses como Quetzalcóatl y Tláloc. Entonces, la hegemonía de Tula abarcaba los territorios centrales de México y se extendía hasta el Occidente, ya que diversos indicios materiales encontrados en El Chanal, como su “Sala de Columnas” (de la que aún quedan algunas lápidas), permiten relacionarlo arquitectónicamente con la Pirámide B o de los atlantes, en la capital tolteca.

Tres casas del dios de la lluvia

“Partan de madrugada, para evitar el castigo del dios del Sol. Del lado izquierdo, mantengan siempre al Volcán de Colima y al Nevado de Colima, nuestros protectores. Del derecho, sigan el serpentear del río Coahuayana, pero teniendo cuidado con sus barrancas y con los animales que ahí andan: hay ocelotes y pumas, serpientes y alimañas venenosas... A buen paso por los bosques de oyameles, cuando los cubra la noche estarán en Atenquique, donde se juntan tres ríos”.

“Cuando los hayan vadeado, se hallarán al principio de un extenso llano pantanoso. Avancen con seguridad hacia el norte y dejen que las bandadas de garzas o gaviotas los guíen por esa larga tierra plana y húmeda, pues siempre arman su escandalera cerca de una de las casas de Tláloc: la laguna de Ciudad Guzmán. En su orilla podrán ver templos y casas de adobe, así como el trabajo pausado de los pescadores que, en medio de las aguas, arrojan sus redes y sus arpones. Pídanle a alguno que los conduzca en su canoa al otro extremo y, frente a los cerros, les señale los rituales que deben cumplir para que sus ‘dueños’ les permitan atravesarlos sin peligros ni acechanzas. Eso lo tendrán que hacer siempre”.

“Poco después llegarán a la tres veces más grande laguna de Sayula. Procedan de la misma manera: tomen una canoa hacia el norte y pregunten por el paso entre los cerros a la última gran mansión del dios de la lluvia. Si cumplen con los ‘dueños’, para otro día estarán al sur del enorme lago de Chapala”.

  • El lago de Chapala, así como las lagunas de Sayula y Ciudad Guzmán, han albergado ininterrumpidamente a poblaciones diversas desde épocas tan lejanas como el año 1500 a.C. Aparte de la agricultura, la cacería y la pesca, las comunidades se dedicaban a obtener sal de las playas que quedaban al descubierto en la época de secas. La tradición Teuchitlán, representativa de estas comunidades cercanas a las lagunas de Jalisco, construyó hermosas estructuras de culto mediante el escalonamiento de círculos concéntricos; la zona arqueológica de los guachimontones fue una de sus ciudades principales.

  • Entre las creencias más profundas de los pueblos prehispánicos se hallaba la de los “dueños” de los cerros, seres a los que había de satisfacer para poder transitar a salvo por sus terrenos.

El camino del río

“Pidan a los pescadores que los lleven adonde desemboca el río Chignahuapan. Éste ser los acompañará en la ruta entre Yurécuaro y La Piedad. Síganlo sólo hasta este último lugar, porque luego se interna en tierras purépechas y no son éstos buenos tiempos de relación con ellos. Mejor desde La Piedad avancen por un corredor que hay entre las montañas rumbo a Plazuelas. Debo advertirles que esta ciudad fue rica en otro tiempo, pero ahora sus templos lucen deteriorados y sucios. Su abandono siempre me produce escalofríos. Continúen mejor en cuanto puedan hacia Peralta, que es una ciudad grande y vital. Allí hallarán a quien los oriente sobre qué pueblos y ríos habrán de cruzar, siempre en dirección al amanecer, para llegar a El Cerrito...”

  • El río Lerma (llamado antiguamente Chignahuapan o “las nueve aguas”) es la corriente interior más larga de México. Por desgracia, en la actualidad su nivel de contaminación lo ha convertido en foco de infección. En su transcurrir a través de llanuras que se inundaban en la época de lluvias, se desarrolló la tradición Bajío, cuyo rasgo arquitectónico distintivo es el patio hundido. La zona arqueológica de Peralta es una de las más representativas de este aspecto. Asimismo, los grupos asentados resistían la presión en el sur de los pueblos purépechas, otra de las grandes culturas prehispánicas.

  • Plazuelas, cerca de Pénjamo, Guanajuato, es un sitio arqueológico que posee muchas características de la cultura teotihuacana. Fue deshabitado tras la caída de Teotihuacan y reocupado por grupos humanos de características seminómadas procedentes del norte, a quienes los mexicas conocerían como chichimecas. Por su parte, El Cerrito, con una altura de 30 metros, es la mayor pirámide encontrada en el estado de Querétaro, y su mayor centro ritual y de poder.

El encuentro

El hijo designado, que había seguido las indicaciones dictadas por su tío el mercader, justo ingresaba a las cercanías de la ciudad de El Cerrito cuando vio sentado sobre una roca a su padre, con un rictus de aflicción en el rostro. “Ya ves, al final los sacerdotes me rechazaron porque mi cuerpo inservible no soportaría el dolor del camino hacia el reino de los muertos”, dijo el padre, mirando su pie morado e hinchado. Luego, con un dejo de cansancio agregó: “Tú llegaste desde El Chanal hasta acá en ocho días. Mañana habrías conocido Tula. Yo, en cambio, he usado el doble de tiempo, apoyado en un bordón, en alcanzar este lugar, pensando siempre en mi accidente, pensando... Mi suplicio ha sido terrible, y si los sacerdotes no se equivocan, aún me falta más. Algo sí te digo, hijo: quizá no soporte el camino hacia el reino de los muertos, pero cuando consiga vengarme... tu tío tampoco lo hará”.

 


 

* Escritor de ficción narrativa, y autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016) y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

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