Nuestro peregrinaje por las rutas del México prehispánico nos lleva en esta ocasión al territorio del actual estado de Guerrero, hogar de la cultura yope, uno de los pocos señoríos que lograron mantenerse independientes y que mantuvieron a los ejércitos aztecas fuera de su territorio.

 

 

Nos encontramos en la antigua Cholula, entre los años 1200 y 1400 d.C. Los cinco peregrinos yopes habían asistido con veneración, asombro y respeto a los festejos en torno al fuego nuevo, que anunciaba el final del mundo anterior y el surgimiento de otro ciclo. Las vistosas plumas de los danzantes recordaban a los multicolores pájaros de los bosques y las selvas, mientras que las melodías no sólo parecían surgir de las flautas, los cascabeles, los caracoles y los tambores sino brotar como trinos de las piedras de las paredes de la Plaza de Tollan Cholullan, hoy conocida como Cholula.

Los dos regentes de la ciudad, con la adrenalina hasta las nubes, habían participado activamente en las ceremonias en los templos, que habían incluido los propicios sacrificios humanos: el aquiach, sumo sacerdote cuya insignia era el águila, y el tlaquiach, el señor del pueblo, que se ataviaba de jaguar; señores de la tierra y el cielo, fervientemente consagrados a Quetzalcóatl, la serpiente emplumada que vuela por la tierra y se arrastra por el aire.

Aquellas celebraciones de muerte y renovación habían establecido la sagrada continuidad del tiempo y, una vez finalizadas, era momento de que todos los extranjeros, provenientes de los cuatro puntos cardinales, llevaran sus pasos de regreso a sus tierras y esparcieran la noticia del nuevo ciclo.

Los cinco peregrinos yopes se dispusieron a regresar a Acapulco.

 

  • Cada 52 años se completaban las posibilidades combinatorias de los dos calendarios que regían en Mesoamérica, conocidos por los nahuas como xiuhpohualli (de 365 días) y tonalpohualli (de 260). Se dice que esta forma de contabilizar el tiempo se llevó a cabo desde los olmecas, y que los mayas y los pueblos del Altiplano Central fueron quienes lo perfeccionaron, aunque los conteos de los diversos pueblos no siempre coincidieran.

 

Al sur

Con las espaldas cargadas con sus pertenencias indispensables, algunos regalos y lascas de obsidiana verde provenientes de Hidalgo, los cinco se integraron al contingente de caminantes que partió por la mañana.

—Nosotros somos los que vamos más lejos —afirmó el viejo líder de los yopes cuando les preguntaron por su región—, porque nuestro camino alcanza el principio del agua infinita de Tláloc.

No dejaba de ser extraño que, a pesar de que pertenecían a diferentes tierras y lenguas (e incluso, entre algunas de ellas, hubiera disputas guerreras a menudo), pudieran avanzar, peregrinos todos, en un espacio común, con una noticia común.

El nutrido grupo que había partido de Cholula se fue reduciendo conforme avanzaron por el valle y muchos partían hacia otras direcciones o se quedaban al ir pasando por Atlixco, Huaquechula, Tepapayeca, Izúcar de Matamoros, Huehuetlán el Chico. Cada una de esas ciudades, con sus propios y singulares edificios cultuales, los recibía y los atendía casi como si fueran hermanos. Sin embargo, a partir de Chiautla de Tapia la columna de miles se había reducido a cincuenta viajeros que se detuvieron por un momento a encarar la puerta a la Sierra Madre del Sur.

 

En los bosques

Tras pedir el permiso del “dueño” del cerro (el espíritu que permitía un transitar pacífico por sus reinos, sin verse importunados por jaguares, ocelotes o enfurecidos venados), se adentraron por aquellos agrestes caminos, donde a cada metro se podía sentir la presencia de los animales que corrían, huían, los acechaban. A cada tanto, los sorprendía el desprenderse de parvadas de pájaros de las ramas, asustados por el rítmico avance de sus pasos.

Finalmente, los yopes salieron al caserío de San Juan de los Ríos, justo al lado del río Balsas. Allí se despidieron de los hombres mixtecos que los habían acompañado, pues éstos remontarían el curso del río rumbo al actual estado de Oaxaca, mientras que los demás, entre ellos los cinco peregrinos yopes, irían a favor de la corriente.

Conforme avanzaban por los pueblos ribereños del río Balsas (La Junta, Papalutla y Teopantecuanitlán, entre otros más o menos importantes), los peregrinos informaban sobre lo ocurrido en Cholula, sin cansarse nunca de celebrar los acontecimientos pequeños o grandes que habían atestiguado en aquella ciudad.

Algunas veces, la corriente les permitía ir en sus pequeñas balsas, pero en ocasiones era indispensable que bajaran y buscaran rutas alternativas entre la espesura que los rodeaba. Hubo momentos en que, por simple gusto de pisar la tierra, caminaban por las arenas que la erosión de la corriente dejaba al aire. Eran esos puntos los que de vez en cuando usaban para encender fogatas y dormir, a pesar de las picazones de mosquitos y la cercanía de animales que bajaban por la noche a calmar su sed.

Cuando alcanzaron el pueblo de Mezcala, en el actual estado de Guerrero, dijeron adiós al noble río que les había permitido avanzar por su espalda. A partir de allí, siguieron pendiente arriba el curso del río Huacapa, afluente del Balsas, para dirigirse al sur, hacia la ciudad más importante de la zona, conocida actualmente como el sitio arqueológico de La Organera, el centro cultural más importante de la cultura mezcala, aunque entonces se hallaba en decadencia. Aquel lugar había sido acondicionado sobre un filo de montaña, en dirección norte-sur, y su ubicación permitía observar el lugar conocido como El Llano, cuyos abundantes cultivos lo convertían, incluso hoy en día, en “el granero de la sierra”.

 

El mar

Los cinco peregrinos yopes detuvieron su andar en Chichihualco. Ese punto representó, sin duda, uno de los más agotadores a los que se enfrentaban, pues debieron atravesar treinta y cinco kilómetros de espesa montaña para alcanzar Chilpancingo de los Bravo, donde nacía el río Papagayo.

Para los yopes, el encuentro con ese río tras varias semanas de camino fue como haber llegado a casa. El Papagayo era el asiento del señorío de Yopitzingo, del cual eran originarios los yopes. En su ribera crecían los pueblos de Tierra Colorada, Cacahuatepec y Pochotlaxco, representantes de esta cultura, junto con los que se encontraban en la costa del Pacífico, donde desembocaba, a pocos kilómetros de la Playa Marqués. Los cinco peregrinos yopes habían vuelto a casa con regalos y ofrendas y narraciones de la gran Cholula que los acompañarían el resto de sus vidas.

           

  • En Puerto Marqués se encuentran varios sitios arqueológicos que se remontan al periodo preclásico, además de pinturas rupestres. Lamentablemente, la voracidad de algunos desarrollos turísticos, en su afán por construir, han invadido la zona protegida, destruyendo el patrimonio histórico de los acapulqueños.

 


 

* Escritor de ficción narrativa, y autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016) y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

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