Son diferentes las razones que se dan para realizar un ayuno prolongado: algunos aseguran que lo hacen para perder peso, otros lo hacen por cuestiones religiosas, o bien por falta de tiempo. En cualquier caso, hacer ayuno no es saludable. Aquí te explicamos por qué.

 

 

El ayuno prolongado consiste en no ingerir ningún tipo de alimento durante un largo periodo de tiempo, lo cual provoca falta de energía y de nutrientes que puede causar modificaciones en la estructura y la función del organismo. Normalmente transcurren de ocho a 12 horas desde la cena hasta el desayuno. Y prolongar el ayuno más allá de ese tiempo constituye un mal hábito.

La glucosa es un monosacárido indispensable, pues es la principal fuente de energía para nuestro cuerpo, pero en especial para el cerebro, así como también para los eritrocitos, los leucocitos, el sistema nervioso y los tejidos.

Las personas que inician el día con un desayuno balanceado pueden controlar mejor sus niveles de glucosa en sangre, asegurando así la energía y los nutrientes necesarios para el buen funcionamiento de los órganos del cuerpo; de lo contrario, aumenta el riesgo de presentar desnutrición, la que trae consigo una disminución de la fuerza o bien provocar problemas de obesidad e, incluso, cardiacos. Los niveles elevados de glucosa pueden provocar diabetes, pero los niveles bajos pueden ocasionar grandes cambios metabólicos en nuestro organismo y, a largo plazo, incluso pueden provocar la muerte.

Cuando se ingiere cualquier tipo de alimento, éste pasa por un proceso mediante el cual los hidratos de carbono se convierten en glucosa y posteriormente se van a la sangre; pero en el tracto intestinal se detectan las concentraciones de azúcar y éste ordena a las células que liberen la cantidad adecuada de insulina, con lo que se logra que la glucosa se transforme en energía y sea aprovechada de la mejor manera por los tejidos.

En el ayuno prolongado el organismo experimenta cambios y adaptaciones del metabolismo para resistir las necesidades energéticas y mantener las funciones vitales. Estos cambios se dividen en tres fases según los días de ayuno transcurridos y los procesos metabólicos implicados.

 

Primera fase: consumo principal de hidratos de carbono de reserva

Dura alrededor de un día y medio. Durante este periodo se obtiene la energía necesaria utilizado la glucosa que circula por la sangre. Después se consumen las reservas de glucosa (glucógeno) que se encuentran almacenadas en el hígado y también en los músculos. Luego de dos o tres días el nivel de glucosa en sangre disminuye y comienzan a utilizarse las grasas, los ácidos grasos y los cuerpos cetónicos como fuente de energía. Este descenso de glucosa provoca que las células beta del páncreas dejen de liberar insulina, lo que a su vez produce que el músculo libere aminoácidos que se pueden utilizar para formar glucosa (gluconeogénesis).

Los dos principales objetivos de la primera fase del ayuno son: mantener un adecuado nivel de glucosa en sangre para que el cerebro siga recibiendo su aporte necesario y mantener intactas las proteínas.

 

Segunda fase: consumo principal de las grasas   

Ocurre a partir del quinto día. Entonces, el organismo deja de consumir la glucosa y el glucógeno almacenados y consume fundamentalmente las grasas. Las reservas más importantes de grasa corporal se encuentran en el tejido subcutáneo, alrededor de los riñones y en la capa que recubre los órganos del abdomen. Cuando la energía no proviene de la glucosa o de los hidratos de carbono, las proteínas musculares y los triglicéridos del tejido graso se convierten en las principales fuentes de energía. Al cabo de unas dos semanas de ayuno, hasta dos terceras partes de la energía que necesita el cerebro se obtienen de los cuerpos cetónicos, que son los productos de degradación de las grasas.

En esta fase empiezan sufrir daños algunos órganos importantes como el hígado y los riñones. A partir de la primera semana de ayuno, la acidosis afecta la función del corazón, de la circulación y del cerebro.

 

Tercera fase: consumo grave de proteínas

Sucede a partir de la tercera semana: se consumen las proteínas musculares y comienza a producirse una gran pérdida de peso, acompañada de gran debilidad. Se provocan edemas y se altera la concentración de albúmina en la sangre, de manera secundaria a la autodigestión de las proteínas musculares.

Después de 30 días de ayuno la desnutrición afecta de forma grave todos los sistemas. A partir de los 40 o 50 días se presenta un gran deterioro por el desgaste físico, se puede perder la movilidad y es posible que se presenten pérdidas de conciencia. Si el ayuno continúa, puede incluso provocar la muerte por inanición secundaria, por un paro cardiorrespiratorio o por la falta de sangre en el cerebro.

 

Consecuencias de mantener un ayuno prolongado

  • En caso de que el organismo se adapte al ayuno prolongado, se produce una disminución del gasto energético.
  • El ayuno prolongado afectará el cerebro y tendrá serias consecuencias en el sistema nervioso, pudiendo dejar secuelas por lesiones en las neuronas que en casos extremos son irreversibles.
  • Otra consecuencia del ayuno prolongado es el déficit de calcio, lo cual dificulta el proceso de mineralización ósea, ocasionando osteopenia u osteoporosis.
  • A nivel gastrointestinal, aumenta el riesgo de presentar acidez, náuseas y reflujo.
  • La presión arterial disminuye de manera progresiva y la persona presenta mareos al incorporarse de forma brusca.
  • En general, el pulso se acelera debido a que, ante hipotensión arterial, el corazón aumenta la frecuencia cardiaca.
  • Se incremente el riesgo de presentar insomnio.

 

Una buena alimentación implica tener una dieta equilibrada y completa; elegir las porciones adecuadas de los diferentes grupos de alimentos; optar por una variedad de alimentos que aseguren los requerimientos de energía, proteínas y grasas; consumir suficientes frutas y verduras con alto contenido de fibra; tomar suficientes líquidos, y comer con horarios establecidos (cada tres o cuatro horas), para mantener los niveles de glucosa en sangre en su rango normal y evitar complicaciones como sobrepeso, diabetes o enfermedades del corazón.

 


 

* Nutrióloga.

 

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