¿Qué motivaciones conducen a alguien hasta el laberinto sin salida de cometer un crimen? ¿Qué pasa por la mente del criminal antes y después de completar su obra? ¿Puede existir un arrepentimiento sincero? Fiodor Dostoyevski, uno de los autores más importantes del siglo XIX de la literatura rusa, desciende hasta las profundidades del alma de un asesino en “Crimen y castigo”, novela de carácter psicológico considerada entre las obras cumbres de la literatura universal.

 

 

Fiodor Dostoievski, de 39 años de edad, regresó de la inhóspita y fría Siberia, donde había purgado condena, a San Petersburgo, la animada capital rusa. El mundo se había olvidado de él. “¿Quién?”, trataban de recordarlo los editores. “El que escribió Pobres gentes”, lo evocaba alguno que otro por aquella primera narración epistolar en la que, a los 24 años, el autor había dado notoria muestra de su profundidad de análisis.

—Ah, creo que sí lo recuerdo, el que andaba de...

“Comunista” era la palabra que se omitía. Lo cierto era que el joven Dostoievski había sido arrestado y condenado a muerte en 1849 por acudir a reuniones en casa de Petrashevski, donde se daban cita destacados pensadores de la capital para hablar abiertamente del zar y de temas políticos con el propósito de analizar un régimen social y económico mejor. Tras una traumática simulación de fusilamiento, que describiría a su hermano como un “renacer”, fue condenado a cuatro años de presidio y a cuatro años de servicio militar como soldado raso por el delito de conspiración.

Dostoievski se esforzó, a partir de su retorno a la capital, por recuperar su antiguo renombre como escritor. En esos primeros años publicaría algunas de sus obras más célebres: Humillados y ofendidos y Apuntes de la casa muerta, al tiempo que acudía a los salones literarios y entraba de nuevo en la esfera de las relaciones públicas. No obstante, la experiencia que vivió en la Fortaleza de Omsk (al sur de la llanura de Siberia oriental), rodeado tanto de presos políticos como de verdaderos criminales, sin duda fue decisiva para forjar, con el paso del tiempo, al protagonista de la que se convertiría en su obra maestra: Crimen y castigo.

Aparecida en enero de 1866, aquella obra capturó de inmediato la atención de la sociedad rusa.

 

El derecho de matar

La obra, apasionante en la manera en que nos introduce a la acción, narra la trágica y monstruosa decisión de Raskólnikov, un joven ex estudiante de derecho que ha planeado deshacerse de un “piojo social”: una vieja usurera que, aparte de ser implacable con las deudas, martiriza física y psicológicamente a su media hermana. Después de todo, en un artículo publicado por el protagonista, asegura que los “grandes hombres” tienen hasta cierto punto el derecho de cometer crímenes, sobre todo si éstos sirven para adelantar el progreso humano y liberar este mundo de seres perjudiciales. Sin embargo, la muerte de su prometida y la situación de precariedad en que vive, lo obligan a renunciar a sus estudios, y ni siquiera se entera de que su artículo fue publicado, y llega al grado en que la desesperación se adueña de él. Como dice el alcohólico personaje Marmeladov: “En la pobreza aún se conserva la nobleza de los sentimientos innatos: en la miseria jamás la conserva nadie”.

Una noche, con la idea de estar cometiendo el crimen perfecto, acude a la vivienda de la usurera, se mete con engaños y perpetra, de manera espantosa, lo que hoy en día encuadraría bajo el concepto de feminicidio. Todo parece ir bien. Un “genio” se abre paso, ¡como tantos otros!, hacia la riqueza a través de un crimen. Justificado por sí mismo, deja de pensar en el cadáver y se desplaza hacia la alcoba en busca de los tesoros empeñados y el dinero, rebuscando y metiendo en sus bolsillos algunas naderías, cuando la aparición de la media hermana de la anciana (a quien suponía que no encontraría allí) echa a perder el plan... La propia mujer “liberada” de la opresión de la usurera, quien quizá recibiría el mayor “beneficio” de aquel crimen, también es asesinada por Raskólnikov...

 

Un mundo entero en una novela

De ahí en adelante, la historia adquiere un tenso cariz en las diversas situaciones por las que Dostoievski conduce a su protagonista. Esas subidas de tensión son habituales no sólo en los escritores rusos, sino en todos los del siglo XIX, dado que trabajaban a contrarreloj para alcanzar los plazos de entrega de las revistas y los periódicos, la cima de los medios de comunicación masiva de aquella época.

Así, a lo largo de un año, Crimen y castigo y su galería de personajes finamente trazados y vigorizados, aparece en el periódico El Mensajero Ruso, en seis entregas.

Allí, entramos en contacto no sólo con el asesino en primer plano, sino con la amistad irreflexiva y desinteresada de su amigo Razumijin; la vanidad acomplejada del turbio Luzhin, quien pretende “ganarse”, a través de sus recursos económicos y sus ardides, a la hermana y a la madre del protagonista; el amor incondicional y la fe ciega que estas dos mujeres tienen por el ex estudiante; las terribles presiones sociales de seres a quienes la desgracia, la enfermedad y el vicio han trastornado, como los Marmeladov… y, reluciente como una gema en medio del lodazal, el amor que nace de la prostituta Sonia hacia Raskólnikov, a pesar de que éste le confiesa su crimen.

 

A flote

Hay, además, un interesante segundo plano de la historia: la variante psicológica del “género detectivesco”. En la época en que Dostoievski escribe, el cuentista estadounidense Edgar Allan Poe ya había sentado las bases del popular relato policial. El personaje Porfiri Petrovich, el juez de instrucción que investiga la muerte de la usurera, merecería figurar sin duda junto a detectives literarios como Auguste Dupin, Sherlock Holmes o Hércules Poirot, pues podría adjudicársele el honor de ser el primer detective “psicólogo” de la literatura. Debido a la falta de pruebas, a los insuficientes indicios (que señalan al estudiante pero que no son concluyentes), opta por atormentar a Raskólnikov con el peso de su culpa y de sus propias ideas de grandeza. ¡Incluso le comunica que antes de arrestarlo le permitirá pasear durante uno o dos días!

En uno de los encuentros con Raskólnikov, cuando ha revelado que sabe que éste es el asesino que busca y lo anima a que se entregue, le dice: “¿Tiembla usted ante la idea de dar el gran paso que le espera? Temblar ahora es una vergüenza. Después del paso que ha dado, no tiene más remedio que ser valiente. Ha de reinar la justicia. Cumpla lo que la justicia exige. Sé que no es creyente, pero le juro que la vida lo sacará a flote”.

¿Habrán sido estas palabras dichas por alguien a los oídos de Dostoievski cuando él mismo sufrió la condena en Siberia? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que a partir del éxito de Crimen y castigo, el “¿quién?” desdeñoso con que lo recibió San Petersburgo se convirtió en merecido reconocimiento público y fama inmortal.

  


 

* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

 

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