Muchas veces hemos escuchado a personas quejándose de sus perros: “¡Ya no lo soporto! ¡Lo voy a regalar!” “Hasta aquí llegó este animal, mañana lo ‘dormimos’”. “A la calle! ¡Este demonio no tiene remedio!” Sin embargo, ésas no son las soluciones más adecuadas cuando se lidia con un perro problema. Aquí te decimos cuáles son.

 

 

El comportamiento de nuestra mascota y la forma en que la eduquemos depende de varios factores, desde el carácter de la raza, su temperamento y sus experiencias (si ha sido adoptado o rescatado), hasta sus enfermedades y cómo reaccionamos ante su comportamiento indeseado.

Al acoger a un cachorro es importante observar su comportamiento: si es líder o es seguidor. Una prueba fácil para reconocer su temperamento es intentar ponerlo boca arriba: si lo permite, el perro será dócil y su entrenamiento será mucho más fácil, pero si, por el contrario, se resiste a esa posición, su temperamento es más fuerte y nos costará más trabajo someterlo a nuestras órdenes. Por otra parte, un perro que nos sigue sin cesar desde cachorro no garantiza que vaya a ser un adulto dócil y puede ser que su necesidad de recibir cariño y atención nos resulte fastidiosa.

Conocer un poco sobre la raza de nuestro perro nos ayudará a identificar las necesidades de ejercicio y atención que requiere.

Un perro que ha sido rescatado de la calle o del maltrato, sin importar si es adulto o cachorro, puede tener severos problemas de comportamiento. Sin embargo, su vida anterior a la adopción no constituye una condicionante, ya que muchos perros adoptados resultan más obedientes, limpios y empáticos que los que criamos desde pequeños en casa. Todo depende de las experiencias que haya vivido. Reconocer un problema en un perro adoptado es fácil, ya que puede ser muy miedoso a los ruidos y a algunos objetos (como un palo), o bien puede ser muy desconfiado con las personas. Muchas veces los animales reaccionan con temor y agresividad a ciertas personas de algún género en especial, por lo cual podemos reconocer que fueron maltratados por hombres o por mujeres. En este caso debemos exponerlos al elemento que les cause temor, siempre con precaución para evitar un accidente (por ejemplo, sujetándolos con un collar y una correa o colocándoles un halter o un bozal), y enseñarles que lo que les daba miedo ya no los volverá a lastimar. Debemos hablarles firmemente pero con cariño, recompensándolos siempre para reafirmar la sensación de paz y apoyo que queremos trasmitirles.

A veces el comportamiento de nuestro perro puede cambiar, de uno dócil y obediente a uno agresivo y miedoso. Muchas veces esto ocurre porque nuestro perro tiene alguna enfermedad, se siente mal y no quiere ser molestado. Si notamos este tipo de cambios en él, es necesario observar sus hábitos alimenticios, sus deposiciones y su estado de ánimo. Si notamos algo extraño, debemos llevarlo de inmediato al veterinario para su revisión (podría tener algún tumor, un golpe o alguna afección en la piel) y para realizarle un análisis general de orina, heces y sangre, así como sacarle placas o radiografías, en caso de que camine con dificultad o esté inquieto al acostarse, lo que nos ayudará a determinar si está enfermo.

Existen algunas enfermedades, como el moquillo, que, si el perro logra sobrevivir a ellas, pueden dejar secuelas en su sistema nervioso, lo que provocará que tenga algunos movimientos involuntarios de sus extremidades y de su cabeza. Otras enfermedades de tipo neuronal, como la epilepsia (provocadas por un fuerte golpe en la cabeza o que son de tipo genético heredado), harán que poco a poco la salud de nuestro perro se deteriore, pues este tipo de padecimientos provoca cambios de humor, confusión y disfunción de algunos órganos internos del animal.

Atender a un perro problema —que ladra mucho, que es hiperactivo, que demanda demasiada atención, que pelea todo el día con otros perros— es una tarea que lleva mucho tiempo, pero el resultado puede ser satisfactorio. Por lo general es un perro que requiere atención, realizar mucho ejercicio y mantener la mente ocupada. Para comenzar su entrenamiento, debemos enseñarle quién manda, lo cual no significa que le gritemos todo el tiempo dándole órdenes, ya que nuestro humor y nuestra actitud afectan de manera directa su comportamiento. Podemos enojarnos, sin agredirlo, pues el animal, aunque no comprenda nuestro lenguaje verbal, sí entiende nuestro lenguaje corporal y es sensible a nuestro humor. El tono en que le decimos las cosas hará que se dé cuenta de que no estamos de acuerdo con lo que hace. Utiliza una palabra, cualquiera, con un tono fuerte y firme. Poco a poco tu mascota, al escuchar esa palabra pronunciada con ese tono, entenderá que no debe hacer lo que te molesta.

Es importante pedir asesoría a nuestro veterinario sobre los medicamentos que sirven para reducir los niveles de actividad de nuestro perro, aunque también existen métodos naturistas para ese fin. Prepara un té de tila y dale a tu perro unos cuantos mililitros de esa bebida cuando esté demasiado activo o ansioso. Existen calmantes en pastillas de uso humano que se venden sin receta, pues se derivan de plantas naturales y no les provocan sueño pero sí ayudan a disminuir su nivel de actividad.

Podemos utilizar un silbato o un clicker (accesorio de entrenamiento), y cuando el perro ladre demasiado o se ponga muy ansioso, hacerlo sonar y darle un premio. Con el tiempo, al escuchar ese sonido el animal reducirá su nivel de actividad. Por otra parte, mantener su mente ocupada con trucos, juegos y ejercicio lo ayudará mucho, pues su hiperactividad puede ser resultado de una vida sedentaria.

Asimismo, hablarle al perro y pedirle que nos acompañe, manteniéndolo junto a nosotros, hará que esté alerta y que su cerebro se mantenga trabajando atento a nuestras necesidades.

El tiempo de entrenamiento dependerá de tu voluntad para llevarlo a cabo diariamente, para lo cual te recomendamos que tengas paciencia y tomes un tecito de tila de vez en cuando.

 


 

* Protectora independiente de animales sin hogar desde hace más de 20 años.

 

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