El matrimonio representa para mucha gente uno de sus principales objetivos de vida y nadie se casa con la intención de separarse, sino con la idea de que esa relación dure para toda la vida. ¿Qué se puede hacer cuando esos sueños se ven truncados y se transita por un proceso de divorcio? Quizá lo mejor sea acudir a una terapia de divorcio.

 

 

Bárbara y Oliver son un matrimonio burgués aparentemente perfecto, que vive una historia color de rosa: él es un próspero abogado y ella se ha encargado de la crianza de sus dos hijos. Además de su posesión más amada, la casa de sus sueños, tienen dos autos, un perro y un gato. Todo parece perfecto hasta que un día Bárbara decide que no quiere estar a la sombra de su marido; desea realizarse profesionalmente, al tiempo que él comienza a sentirse amenazado y humillado. Entonces el proceso de divorcio da pie a una batalla desgarradora en la que cada uno se provoca el máximo daño posible, hasta llegar al límite, a la tragedia.

Si bien en la película La guerra de los Rose el proceso de divorcio se lleva al extremo, sirve de ejemplo sobre cómo podemos evolucionar en nuestras relaciones personales de una manera poco constructiva y con rumbo hacia la frustración y el dolor.

El matrimonio representa para mucha gente uno de sus principales objetivos de vida. Cuando las personas se casan no lo hacen con la intención de separarse, sino con la idea de que esa relación durará el resto de su vida. Al ocurrir lo contrario se puede experimentar mucho sufrimiento y diversas consecuencias psicológicas; muchos matrimonios pasan del enamoramiento, la ilusión y los proyectos compartidos a la ira, el deseo de poder y la competencia.

En la actualidad los divorcios son más frecuentes que en el pasado (el Instituto Nacional de Estadística y Geografía [INEGI] sostiene que entre el año 2000 y 2015 los divorcios aumentaron 136.4 por ciento, mientras que los matrimonios se redujeron 21.45 por ciento) y constituyen una etapa muy difícil de superar, pues implican un proceso de duelo que va acompañado de enojo y frustración por las malas experiencias que hubo en la relación. Además, hay que destacar la posibilidad de experimentar sentimientos de humillación, maltrato psicológico, sensación de traición y de haber sido herido, depresión, baja autoestima, ansiedad y otros problemas de comportamiento, que pueden incluir el consumo de alcohol o de drogas.

Superar el divorcio, sobre todo cuando se inicia una batalla por la custodia de los hijos o cuando hay bienes materiales de por medio, tiende a producir un gran desgaste emocional que puede ser difícil de manejar, por lo que es mejor tomar en cuenta la posibilidad de acudir a terapia de divorcio.

El psicólogo experto en terapia de divorcio es un profesional que puede proporcionar a los cónyuges las herramientas necesarias para adaptarse a esta nueva etapa de su vida con éxito, pasando esta transición de manera sana, de manera que los involucrados puedan recuperar el bienestar después de la separación.

En la terapia de divorcio se ayuda a los afectados a ser conscientes de las diferentes etapas de la separación que deberán enfrentar, de modo que puedan gestionar y manejar de forma adecuada este momento de cambio.

En primer lugar es necesario superar la “negación”. La negación es un mecanismo de defensa que disminuye el shock inmediato y nos protege del dolor de la pérdida. Al bloquear las circunstancias de lo que ocurrió, no es necesario pensar en las emociones difíciles que se atravesarán. Durante la etapa de negación se suele pensar que es posible evitar el divorcio, no se acepta la realidad y existen problemas para creer y aceptar que la relación ha finalizado; incluso, se puede intentar lidiar con la situación hablando con la pareja o haciendo caso omiso del problema.

En la siguiente etapa, el “enojo”, el terapeuta ayuda a las personas a lidiar con el resentimiento contra su pareja debido a las cosas que hizo o que dijo, o con la rabia consigo mismas por las propias acciones que contribuyeron al fin del matrimonio y por las cuales sienten culpa. En esta etapa se intensifican las emociones: la ira, la culpa y el desagrado se hacen presentes cuando los divorciados se enfocan en las cosas que odian de su pareja y de sí mismos. Algunas personas caen en el error de buscar venganza de alguna forma; por eso la terapia debe ayudar a que las personas se tomen su tiempo para pensar las cosas y calmarse. El enojo mal enfocado no sólo puede perjudicar el propio duelo, sino que se traducirá en impaciencia e irritabilidad ante cualquier situación de la vida diaria.

Durante la “negociación” se lleva a cabo un último intento para aceptar la decisión del divorcio, ya sea que se acepte que el divorcio es lo correcto o que se intente restaurar la relación. En el afán de negociar se puede tratar de corregir lo que salió mal, pensar en opciones para convencer a la pareja de no separarse y hacer promesas.

Cuando finalmente se acepta que el matrimonio llegó a su fin, la tristeza y la depresión se hacen presentes. No sólo se trata del fin de la relación (con los ajustes relativos de quién tendrá la custodia de los niños o quién se mudará de la casa), sino también de la pérdida de los amigos en común y del aislamiento social, producto de la vergüenza por lo ocurrido. En esta etapa lo último que se debe hacer es caer en la autocompasión y quedarse encerrado en casa. Por más deprimido que se esté, es importante intentar reorganizar la vida para mantenerse ocupado.

En la última etapa del duelo, la “aceptación”, se asimila la nueva situación y se reconoce el divorcio como parte de la vida. Se acepta la ayuda y el apoyo de los amigos y los familiares y el afectado comienza a acostumbrarse poco a poco nuevamente a las emociones positivas. Esto no significa que el dolor desaparecerá de manera mágica, sino que el divorciado será capaz de retomar las actividades cotidianas sin que la tristeza abrumadora y la impotencia sean obstáculos infranqueables.

Como se puede ver, la terapia de divorcio aporta herramientas psicológicas a los afectados para que puedan recuperar el equilibrio emocional necesario con el objeto de establecer relaciones saludables en el futuro. Aceptar el duelo como consecuencia del divorcio y superar cada una de sus etapas es el camino para la recuperación y la construcción de un nuevo sentido de vida.

 


 

* Maestra en psicología clínica por la Universidad Iberoamericana.

 

 

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