Este año te presentamos la nueva sección “Exploradores y viajeros”, un espacio para que conozcas los viajes y los relatos que realizaron expedicionarios célebres en distintas regiones de México durante los siglos XIX y XX. Arrancamos con Carl Lumholtz, descubridor y etnógrafo noruego, autor del libro “El México desconocido: cinco años de exploración entre las tribus de la Sierra Madre Occidental”.

 

 

En la actualidad muchos viajeros y turistas llegan a parajes de la Sierra Madre Occidental para disfrutar de incomparables bellezas naturales y conocer, así sea de paso, a gente de los grupos indígenas que la habitan. Pero hace poco más de 100 años, cuando Carl Sufus Lumholtz recorrió la sierra, las posibilidades para internarse en ella eran muy limitadas; entonces ferrocarriles, carreteras con autos y avionetas eran cosas del futuro. Por eso, Lumholtz puede considerarse el último de los exploradores decimonónicos, ya que efectuó sus viajes a lomo de mula o a pie, adentrándose en regiones agrestes que sólo eran conocidas y transitadas por los pobladores nativos. Pero también se le puede considerar uno de los primeros antropólogos, porque los registros y las observaciones que plasmó en su libro El México desconocido fueron fruto de la aplicación de métodos y técnicas que en aquel entonces eran lo más moderno de su época (por ejemplo, fotografía, grabaciones sonoras, medición antropométrica, transcripción fonética, etcétera).

Lumholtz aprendió a amar la naturaleza cuando, en su niñez y su juventud, recorría los bellos parajes de Lillehammer, la comarca noruega donde nació en 1851. Desafiando las pretensiones de su padre, en vez de graduarse en teología, en 1880 se embarcó rumbo a la lejana Australia, donde permaneció cuatro años en la remota provincia de Queensland, recolectando especímenes de flora y fauna en las zonas más remotas de esa isla-continente. Allí aprendió que para poder llevar a cabo con éxito sus estudios naturalistas era imprescindible contar con la ayuda de los aborígenes; su convivencia con la tribu de los murri despertó en él la fascinación por el estudio de los pueblos a los que entonces se llamaba primitivos. La publicación de su primer libro, Among the Cannibals (Entre los caníbales) le valió ser aceptado como investigador del American Museum of Natural History de Nueva York. Con el respaldo de esa institución, Lumholtz viajó a la Ciudad de México para entrevistarse con el presidente Porfirio Díaz y miembros de su gabinete con el propósito de presentarles su nuevo proyecto que, en esencia, consistía en encontrar a “los últimos trogloditas”, es decir, a gente que todavía habitaba en cuevas y que él suponía que eran los descendientes de los anasazi, un antiguo y misterioso pueblo del que sólo quedaban unas pocas pero impresionantes ruinas de edificaciones levantadas en cuevas de Arizona y Nuevo México.

Pero esa meta inicial se transformaría paulatinamente en otra cosa, pues tras los ocho meses que duró su primera expedición (septiembre de 1890 a marzo de 1891), Lumholtz volvería varias veces a México para recorrer la Sierra Madre Occidental y el desierto de Sonora durante otros cinco viajes. En total, Lumholtz dedicó a nuestro país cerca de 20 años de su vida, porque además del tiempo consagrado a sus recorridos, invirtió también mucho en redactar los resultados de sus experiencias de campo y divulgarlos a través de los mejores medios posibles. Como fruto de este trabajo de ordenamiento científico dio incontables conferencias, publicó cerca de una veintena de artículos temáticos en revistas especializadas y nos legó un par de libros ejemplares: primero El México desconocido, en el que relata sus cinco años de exploraciones en la Sierra Madre Occidental, donde realizó estudios pioneros de tarahumaras, pimas, tubares, tepehuanos, coras y huicholes, así como de los pueblos mestizos de la Tierra Caliente de Tepic y Jalisco, y de los purépechas de Michoacán. Y años después publicó New Trails in Mexico. An Account of One Year’s Exploration in North-Western Sonora, Mexico, and South-Western Arizona 1909-1910 (Nuevos senderos en México. Recuento de un año de exploración en el noroeste de Sonora, México y sudoeste de Arizona 1909-1910), libro en el que además de la vida natural en el desierto de Altar, otros protagonistas son los pápagos y los pimas que habitaban allí. Ambas obras se convirtieron en clásicos de la literatura de viajes y de los estudios etnográficos-naturalistas en el continente americano, y hoy, a poco más de un siglo de su aparición, todavía son fuentes de estudio indispensables para quien pretenda profundizar en el conocimiento del noroeste de México y sus pueblos indígenas.

Lumholtz aseguró que le habría gustado casarse con una mujer cora y quedarse a vivir en la sierra del Nayar, lo cual finalmente no hizo (nunca se casó) pues la Revolución de 1910 que derrocó al régimen porfirista volvió muy insegura la posición de Lumholtz, ya que varios de quienes habían autorizado sus actividades —entre ellos Porfirio Díaz— salieron huyendo del país.

Tras unos años en Estados Unidos, volvió a Noruega donde encontró apoyó para su nuevo proyecto: explorar Nueva Guinea, la isla más grande de Asia. Pero de nuevo otro conflicto bélico, la Primera Guerra Mundial, se interpuso en su camino. Entonces tuvo que conformarse con recorrer la India y adentrarse en Borneo, la hasta entonces inexplorada gran isla del sudeste asiático. En 1922, cuando tenía 71 años de edad, las antiguas fatigas le cobraron factura en la forma de un ataque fatal de tuberculosis que acabó con su vida mientras estaba de regreso en Nueva York.

Carl Lumholtz indudablemente fue un hombre a caballo —o, más bien, a mula— entre dos mundos. Por un lado, fue de los últimos exploradores del siglo XIX que, imbuidos del lenguaje evolucionista y romántico de la época, hablaban de seres primitivos y rezagadas sociedades salvajes que inevitablemente desaparecerían al ser absorbidas por el empuje de la civilización y el progreso. Pero, por otro lado, resultó ser uno de los primeros científicos del siglo XX que empezaron a tomar distancia del evolucionismo a ultranza al valorar a esos seres y sociedades desde puntos de vista más críticos y objetivos.

Pionero de la etnografía moderna de México, su trabajo fotográfico, por ejemplo, constituye un singular testimonio visual de las etnias indígenas del país en el advenimiento del siglo XX, en el que se refleja la gran biodiversidad y la complejidad social de la sierra. Además, su narrativa, que, conforme él avanzaba en sus viajes, iba mostrando cada vez más su amor por la tierra mexicana y su indudable y honesto involucramiento con los pueblos y la gente que visitó, hacen que la lectura de El México desconocido se acerque mucho al disfrute producido por una novela de aventuras.

 


 

* Egresado de la ENAH como antropólogo, con especialidad en lingüística y especialmente dedicado a la investigación sobre la historia de México.

 

 

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