Descubre, llevado de la mano de un experto guía y explorador, el Big Bend National Park, una impresionante conjunción de desierto, montañas y cañones ubicados al suroeste de Texas, en el tramo del río Bravo que se encuentra entre Ojinaga, Chihuahua y Ciudad Acuña, Coahuila.

 

“Una isla de montañas en medio de un mar de desierto” fue la inverosímil descripción que me impulsó a visitar el Big Bend. Si la imagen de una isla con montañas que surge en medio del mar siempre es atractiva, sin duda su aparición en el desierto, que puede parecer tan infinito como el mar, prometía ser quizás más emocionante. Y, en efecto, lo fue.

El término Big Bend designa una amplia región situada al suroeste de Texas. Su nombre en inglés deriva del gran recodo formado por el tramo del río Bravo que discurre entre Ojinaga, Chihuahua y Ciudad Acuña, Coahuila. Los estadounidenses acostumbran llamar a este río el Grande. Es una hermosa región en la que el medio ambiente natural se ha preservado prácticamente intocado y que por ello alberga una gran diversidad biológica. En el Big Bend National Park, nombre oficial del área protegida por el gobierno federal de Estados Unidos, la impresionante conjunción de desierto, montañas y cañones cortados a filo por el cauce fluvial convierte en disfrute la visita de todo aquel amante de la naturaleza que se aventure a recorrerlo.

En tiempos de la Nueva España se llamó Junta de los Ríos la zona donde confluyen los ríos Bravo y Conchos, en las cercanías de Ojinaga. Gracias al torrente aportado por este último, el caudal del Bravo logra llegar al mar, pues así obtiene la fuerza necesaria para horadar su paso entre las montañas y, tras la titánica lucha entre agua y piedra que lo condujo a formar el gran recodo, abrirse camino hasta el Golfo de México. No por nada los primeros colonos españoles y mexicanos que llegaron a esta sección del río se acostumbraron a llamarlo el Bravo.

En los terrenos del Big Bend National Park (324,219 hectáreas) se pueden realizar paseos a caballo, navegación de algunos tramos del río en kayak o en canoa, ciclismo de montaña, o simplemente disfrutar la naturaleza y la vida al aire libre. Gracias a una red de caminos pavimentados y de terracería se llega en automóvil casi al pie de miradores que permiten excelentes vistas de emotivos paisajes. Sin embargo, para mí fue todavía más interesante aprovechar la existencia de senderos bien trazados que hacen fácil subir los montes o meterse en el desierto. Algunos de estos senderos fueron transitados por apaches y comanches libres hasta el siglo XIX. Los circuitos más frecuentados requieren caminatas que varían de tres a 30 kilómetros de ida y vuelta; todo depende de lo que uno esté interesado en conocer, del tiempo disponible y, desde luego, de la capacidad individual para transitar por los senderos.

Para pernoctar dentro del Big Bend hay dos opciones: el hotel Chisos Mountain Lodge, que ofrece cuartos y cabañas con todo lo necesario para una estancia confortable; en el mismo complejo hay un restaurante con un mirador que ofrece una magnífica vista de las montañas, tiendas de autoservicio y un centro de atención a los visitantes donde se obtienen mapas, folletos, permisos especiales y toda la información pertinente para organizar los paseos; la otra opción es acampar en alguno de los sitios destinados para este efecto que hay en varios puntos del parque (desde luego hay que ir bien preparado con el equipo suficiente para que la acampada sea disfrutable). En Panther Junction y Rio Grande Village hay gasolineras.

La serranía llamada Chisos Mountains es considerada el corazón del Big Bend National Park y justifica plenamente el dicho de que se trata de una isla de montañas en medio del desierto. Su cumbre más alta es el Emory Peak (2,385 metros sobre el nivel del mar); otras, como Lost Mine Peak, Toll Mountain o Casa Grande tienen altitudes de más de 2,200 metros. El pequeño valle donde se ubica el hotel se halla a 1,600 metros sobre el nivel del mar, pero en el fondo de los cañones el suelo llega a estar apenas a 500. Estos contrastes del relieve se relacionan con otros factores —clima, régimen de lluvias, composición de los suelos, etcétera— para diferenciar los hábitats naturales característicos del Big Bend. Allí crecen alrededor de 1,200 especies diferentes de vegetales. En el desierto y en los cañones una maraña de ocotillos, sotoles, lechuguillas, yucas, uñas de gato, agaves, nopales, biznagas, mezquites, huizaches, gobernadoras e infinidad de cactus y otras plantas espinosas pronto hacen desistir al caminante de apartarse del trazo de los senderos.

Conforme se asciende la montaña, la presencia de abetos, cipreses, enebros, cedros, álamos, madroños, pinos y robles se vuelve más común; este arbolado provoca que en las zonas de montaña y en las partes más altas de la cuenca la temperatura diurna generalmente no exceda los 30-35 grados centígrados en el verano; sin embargo, en las zonas desérticas el calor puede ser mucho más extremo, igual que el frío durante las noches.

En cuanto a la fauna, la diversidad es igualmente sorprendente. Hay 65 especies de mamíferos; los de mayor tamaño son linces, zorros, coyotes, castores, mapaches, zorrillos, tejones, venados y jabalíes, y les siguen liebres, conejos y otros roedores, y también los alados murciélagos; de los osos negros, los animales más grandes de esta clase, sólo diré que no esperaba realmente lo que sucedió: temí el encuentro con uno durante la noche mientras paseaba por una vereda en las cercanías del hotel, pero apenas pude reaccionar para disparar mi cámara fotográfica cuando un displicente osezno apareció, no en medio del monte ¡sino casi al lado de mi cuarto!

Más de 400 especies de aves hacen que el Big Bend sea un paraíso para quienes aman verlas en libertad; unas son habituales y otras migrantes, unas son volátiles y otras corredoras (como el correcaminos) o acuáticas, las hay canoras, rapaces y de tipos casi inclasificables como los colibríes; en cualquier caso, si uno está atento, camina sin perturbar demasiado el entorno y trae consigo unos buenos binoculares, puede tener la fortuna de avistar codornices, gavilanes, halcones, águilas reales y aguilillas, tecolotes y muchas especies más; entre ellas, la emblemática ave blanquiazul conocida como mexican jay o arrendajo. Los reptiles (56 especies) y los anfibios (con 11) incluyen tortugas, lagartijas, camaleones, sapos, ranas y diversas culebras y serpientes, de las cuales la de cascabel es la más conspicua y peligrosa. Los peces suman 38 especies. Y a esta riqueza biológica habría que agregar las mucho más numerosas especies de invertebrados (3,600), como mariposas, gusanos, saltamontes, arañas, escorpiones y otros insectos que también forman parte de la biodiversidad.

 

Un poco de historia

La historia del Big Bend es compleja y fascinante. Un museo dentro del parque, el Fossil Discovery Exhibit, expone la evolución geológica y paleontológica del Gran Desierto Chihuahuense (el más grande de Norteamérica, con 630,000 km2, y el segundo con mayor biodiversidad a nivel mundial). Allí se muestran los restos de las increíbles formas de vida animal que lo habitaron hace millones de años gracias a los fósiles que se han sido hallando dentro del parque. La presencia de seres humanos en la región se remonta a unos 12,000 años antes del presente. Los nombres de las más antiguas sociedades indígenas que durante centurias cazaron, recolectaron productos silvestres y quizás sembraron a la vera del río, no son conocidos, pero sabemos que desde el siglo de los conquistadores españoles, el XVI, hasta los comienzos del de Pancho Villa, el XX, el Big Bend fue una tierra donde poca gente se aventuraba a adentrarse. Los indios chisos, apaches, jumanos y comanches fueron algunos de esos pocos; les siguieron bandidos y prófugos de la justicia de diversas razas; los contrabandistas de ganado y de otros bienes también la atravesaron, y en ella cifraron su suerte gambusinos buscadores de oro y alucinados que creían en la existencia de fabulosas minas perdidas. Los campesinos, los ganaderos y los militares, en sus intentos colonizadores, siempre fueron pocos. El lugar fue decretado parque nacional bajo jurisdicción federal el 12 de junio de 1944, mediante un acta firmada por el presidente Franklin D, Roosevelt. Actualmente, los investigadores científicos, turistas y empleados que lo atienden parecen ser los principales integrantes de una última ola de gente interesada en adentrarse en el Big Bend.

 

El Big Bend mexicano

Aunque con medio siglo de retraso, México también terminó por sumarse a la acción conservacionista. En 1994, el Poder Ejecutivo Federal decretó la creación de las Áreas de Protección de Flora y Fauna (APFF) de Cañón de Santa Elena (277,000 hectáreas en los municipios de Manuel Benavides y Ojinaga, Chihuahua) y de Maderas del Carmen (208,000 hectáreas en los municipios de Múzquiz, Ocampo y Villa Acuña, Coahuila). Después, en junio de 2009, se decretó el APFF Ocampo, en el municipio coahuilense del mismo nombre, dotada con 344,000 hectáreas. Se estableció así un amplio corredor ecológico que facilita el flujo genético entre las poblaciones de flora y fauna de toda la ecorregión. Conforme a esta estrategia conservacionista, animales como el oso negro, el puma, el lince, el berrendo, el borrego cimarrón, los venados y los pecaríes, entre muchos otros, tienen la posibilidad de transitar por amplias extensiones de hábitat similar incluso a través de la frontera internacional.

En noviembre de 2002 se firmó el Programa de Trabajo entre el Servicio de Parques Nacionales del Departamento del Interior de Estados Unidos y la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas de la Semarnat de México. En ese programa se reconocen los beneficios obtenidos con la cooperación entre las diferentes áreas naturales protegidas a través del Programa de Parques Hermanos de Estados Unidos y México. De esta manera se integró una amplia red de cerca de tres millones de hectáreas protegidas: el Big Bend National Park, el Big Bend State Park, la Black Gap Wildlife Management Area y el River Road (en el lado estadounidense de la frontera), las áreas de protección de Cañón de Santa Elena, Maderas del Carmen y Ocampo, además del Monumento Natural Río Bravo del Norte (en el lado mexicano). Asimismo, todas forman parte de la red trilateral de Áreas Protegidas Hermanas para la Mariposa Monarca, un plan que, bajo el Acuerdo de Cooperación Ambiental de América del Norte (organismo del TLC), busca mantener saludables a las poblaciones y los hábitats de esta especie de mariposa a lo largo de la ruta migratoria que la lleva de México a Canadá, y viceversa.

Así que mi visita al Big Bend fue una experiencia emocionante y enriquecedora, pero me ha hecho reconsiderar mi premisa inicial porque, en efecto, las Chisos Mountains son como una isla de montañas en medio del desierto chihuahuense, pero si mantenemos la metáfora de que su inmensidad es como la del mar, tendremos que reconocer, en vista de las otras áreas naturales protegidas que he mencionado aquí, que en él hay todo un archipiélago de montañas y cañones. Creo que también vale la pena ir a esas otras islas de montañas en medio del mar desértico en una siguiente ocasión.

 


 

* Egresado de la ENAH como antropólogo, con especialidad en lingüística y especialmente dedicado a la investigación sobre la historia de México.

 

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