Isaac Torres Quiroz*

En el recorrido que a lo largo de este año te hemos presentado sobre los principales estilos arquitectónicos que han perdurado a lo largo de los siglos, desde que el ser humano comenzó a erigir edificaciones que plasmaban la cosmovisión de una época, toca el turno ahora a la arquitectura neoclásica, resultado directo de los primeros momentos de la Revolución industrial y de la cultura de la Ilustración.

La arquitectura neoclásica surgió en la primera mitad del siglo XVIII como contraparte del barroco, ya que las formas curvas, el exceso de ornamentación y la libertad en el diseño no casaban con las nuevas ideas generadas por la Ilustración. De este modo las líneas rectas, las proporciones y la reglamentación en el diseño volvieron a tomar fuerza en las teorías arquitectónicas del momento. Lo mismo que en el pensamiento en general, en el que las bases teóricas planteadas por los griegos y adoptadas posteriormente por los romanos fueron sustento de una nueva forma de pensar, sucedió con la arquitectura, aunque de forma mucho más literal, lo cual significó que las nuevas propuestas imitaran por completo a la arquitectura clásica.

Esta imitación era sólo formal, ya que los nuevos sistemas constructivos derivados de la Revolución industrial superaban con mucho los sistemas clásicos. La arquitectura neoclásica tiene como característica el uso del acero, los grandes claros libres de columnas y edificios monumentales con fachadas que remitían a la arquitectura griega y romana, sin que necesariamente el interior tuviera relación con el exterior. Estas fachadas, al igual que las clásicas, contaban con grandes frontones triangulares en la cúspide, sostenidos por columnas que presentaban los lenguajes clásicos característicos, como el jónico y el dórico.

Como era de esperarse, la imitación de dos arquitecturas, la griega y la romana, dio como resultado los primeros ejemplos de eclecticismo, esto es, edificios en los que se mezclan estilos distintos, estilo que terminaría por ser criticado al pasar de los años por no ofrecer un estilo propio y con identidad.

El movimiento neoclásico tuvo su mayor auge en Francia, justo en la época de Napoleón, ya que por petición suya París se convirtió en una ciudad neoclásica tanto en sus edificios como en sus construcciones urbanas. Podemos encontrar hermosos puentes, jardines y edificios con este estilo por toda la ciudad, el más conocido de los cuales probablemente sea el Arco del Triunfo.

En Inglaterra también se pueden encontrar edificios neoclásicos como el Banco de Inglaterra, del arquitecto John Seane, o el Museo Británico, de Robert Smirke. En este país, durante el siglo XIX y bajo la regencia de Jorge IV, se estableció un nuevo estilo derivado del neoclásico, denominado “estilo regencia”, el cual poseía las características del neoclásico pero con más sobriedad, elegancia y claridad.

En Estados Unidos también fue bien recibido este estilo, que tuvo mucho auge debido a que se abanderó como la arquitectura de un nuevo país. Este estilo tomó el nombre de “estilo federal” y se desarrolló de 1750 a 1820. Uno de sus ejemplos más conocidos es el Capitolio, diseñado por Thomas Jefferson, dato que poca gente conoce.

En España los ejemplos neoclásicos más conocidos son la Puerta de Alcalá, del arquitecto Francesco Sabatini, y el Museo del Prado, de Juan Villanueva. Paradójicamente, en Grecia e Italia este estilo no llegó a cuajar del todo, por lo cual el neoclásico es casi inexistente ahí. En Latinoamérica podemos encontrar grandes ejemplos, como el Palacio de Minería en la Ciudad de México, la Casa de la Moneda en Chile y la Iglesia de San Francisco en Colombia.

 

NOTAS

* Arquitecto por la Universidad Iberoamericana.

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