La nutrición de una persona con discapacidad requiere un plan de alimentación específico que tenga como objetivo mejorar su estado nutricio y combatir las causas que la llevaron a la desnutrición o a la obesidad. En el marco del Día Internacional de las Personas con Discapacidad, que se celebra el 3 de diciembre, te invitamos a conocer cómo debe ser la dieta diaria de una persona con discapacidad.

 

 

Las personas con discapacidad (ya sea parálisis cerebral, daño neurológico, distrofia muscular, espina bífida, hipotonía o algún síndrome específico) con frecuencia presentan problemas que dificultan su alimentación, como la alteración en la masticación, la alteración del vaciamiento gástrico, el reflujo gastroesofágico, el estreñimiento, la dificultad para expresar hambre o bien para alimentarse por sí mismas, lo cual puede provocar un retardo en su crecimiento, afectando su estado nutricio y produciendo desnutrición, sobrepeso u obesidad.

La desnutrición se presenta cuando la ingesta de alimentos es insuficiente, a lo que se suma la dificultad de alimentarse debido a que el tiempo para hacerlo es más prolongado, ya que depende de la consistencia y la textura de los alimentos, según la capacidad de deglución y masticación de la persona discapacitada.

Por su parte, el sobrepeso y la obesidad son resultado de un desequilibrio entre la cantidad de energía que se ingiere y la que se gasta. Ambas son enfermedades que se acompañan de numerosas complicaciones importantes: ateroesclerosis, hipertensión arterial y accidentes cardiovasculares, así como alteraciones hepáticas y desarrollo de cáncer o enfermedades metabólicas como la diabetes. La obesidad se presenta cuando la ingesta de alimentos es excesiva, además de que el peso de la persona con discapacidad se puede ver afectado por la falta de movimiento (ejercicio), por factores hereditarios, por costumbres, malos hábitos alimentarios o bien por sobreprotección.

Por lo anterior, la alimentación es muy importante para mantener un adecuado estado de salud.

Todos tenemos diferentes necesidades energéticas que dependen de la edad, el peso, la estatura, el sexo y las actividades que se realicen durante el día. El manejo nutricio de la persona con discapacidad requiere un plan de alimentación específico que tenga como objetivo mejorar su estado de salud y combatir las causas que la llevaron a la desnutrición o a la obesidad. Para lograr esto, la dieta diaria debe cubrir todos los grupos de alimentos, en cantidad adecuada, con apropiado aporte de fibra y líquidos. Además, debe ser variada y de calidad.

En pacientes con padecimientos neurológicos es común encontrar problemas de deglución, por lo cual es importante observarlos durante sus comidas para determinar si presentan babeo, ahogamiento, tos al comer o incapacidad para succionar; si almacenan el alimento entre las mejillas y los dientes, si presentan infecciones recurrentes en vías respiratorias o si presentan pérdida de peso o anorexia.

Con frecuencia un problema de deglución aumenta el riesgo de presentar desnutrición, ya que la ingestión de alimentos se vuelve inadecuada. Si a esto se suma la presencia de parálisis cerebral, se compromete aún más el estado nutricio de la persona, debido a que se producen alteraciones en el crecimiento, aumentan los requerimientos de energía, es mayor la dificultad para alimentarse, puede presentarse una interacción nociva entre medicamentos y nutrimentos, y es común la presencia de estreñimiento o diarrea que podría provocar una deficiencia de nutrientes. Por eso es importante que las modificaciones que se hagan a la dieta se individualicen, según las habilidades que la persona con discapacidad haya desarrollado.

Para calcular los requerimientos nutricios de las personas con discapacidad —por ejemplo, parálisis cerebral, epilepsia, espina bífida y síndrome de Down— se deben considerar, además de los factores comunes, el tipo de discapacidad y la alteración motora que presenten, ya que esto determinará un incremento o una disminución de sus requerimientos y, por lo tanto, de la ingesta de alimentos. Por ejemplo, si no existe deambulación el requerimiento energético disminuye, mientras que aumenta cuando se presenta espasticidad o distonía.

Es importante definir la vía de alimentación (oral, sonda nasogástrica, orogástrica o gástrica), la cual dependerá del desarrollo neurológico, de la deglución, de la coordinación motriz oral, de las enfermedades agregadas y de las condiciones familiares y sociales.

En la elaboración del plan de alimentación es importante tener en cuenta que existe una interacción nociva de los nutrimentos con algunos medicamentos. Por ejemplo, anticonvulsivos como la fenitoína y el fenobarbital pueden provocar un déficit de vitamina D, ácido fólico y vitamina B12, así como el ácido valproico puede provocar un déficit de la carnitina, por lo cual en algunos casos se recomienda la suplementación de estos nutrimentos. Se debe considerar también que algunos medicamentos anticonvulsivos pueden influir en el apetito, como en el caso del topiramato, que lo disminuye, mientras que el valproato de magnesio lo aumenta.

En las personas con espina bífida la principal complicación asociada con una mala nutrición es el sobrepeso o la obesidad, esto es, una excesiva ganancia de peso debido a la inadecuada alimentación, que se suma a un metabolismo lento y a la escasa actividad física que pueden realizar.

Otras dificultades que presentan estos pacientes son el estreñimiento o la incontinencia fecal; la deficiente cicatrización de úlceras por decúbito, así como la alta incidencia de infecciones de vías urinarias. El estreñimiento puede ser resultado de disminución de la actividad física, hipotonía, mengua de la función de los intestinos, reducción de la ingesta de líquidos y el consumo de una dieta baja en fibra. En caso de estreñimiento se recomienda evitar los siguientes alimentos: arroz, zanahoria cocida, plátano, guayaba, chocolate, garbanzo, col, coliflor, cebolla y alimentos muy azucarados, así como productos grasosos, fritos, dorados y empanizados; asimismo, embutidos como queso de puerco, mortadela, salami, paté, etcétera, y alimentos irritantes como especias, picantes y refrescos.

Por todo lo anterior, a la hora de elaborar el plan de alimentación para una persona con discapacidad se deben tomar en cuenta las características individuales, la edad, el requerimiento energético de acuerdo con el tipo de discapacidad, si existen o no patologías asociadas y los medicamentos que consume aquélla.

Habiendo considerado lo anterior, la dieta se elabora con base en el plato del bien comer para obtener una alimentación completa, equilibrada, variada y adecuada a las posibilidades económicas de la persona, a sus gustos y a sus creencias. Se sugiere que sea alta en fibra y agua, con la textura apropiada a su masticación, a su deglución y a las habilidades que el paciente ha desarrollado.

 


 

* Nutrióloga.

 

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