Carlos Cuauhtémoc Sánchez opina...

 

La necesidad más profunda del hombre es la necesidad de abandonar la prisión de su soledad, escribió el filósofo alemán Erich Fromm. Sin alguien a quien abrazar, con quien compartir las alegrías y las tristezas cotidianas, la vida humana se vuelve una experiencia vacía y triste. Es lo que nos recuerda Carlos Cuauhtémoc Sánchez, al tiempo que nos invita a vivir la increíble experiencia de amar y dejarnos amar.

  

Yo era adolescente. Una noche fui a la habitación de mis padres para despedirme. La puerta estaba cerrada. Giré el picaporte. Hallé a mi papá en cuclillas junto a la cama. Le di las buenas noches y, cuando levantó la vista, noté que se limpiaba las lágrimas.

—¿Qué tienes, papá? ¿Hay algún problema?

—Se me olvidó cerrar con llave.

Su respuesta llevaba dos filos. Disculpa y reproche. A él se le olvidó cerrar, y a mí, llamar. Pero lo remarcable del instante era otro asunto: mi padre fuerte, varonil, valiente, de carácter duro (a veces demasiado), ¿se encerraba con cerrojo y lloraba?

—Perdona… —entré sin tocar—. Venía a despedirme.

—Hasta mañana.

—¿Te sucede algo?

Entonces me miró con un gesto desguarnecido de toda ficción; franco, honesto.

—Me siento muy solo.

En el rostro de mi papá había un dolor verdadero. La frase se quedó flotando en el aire. “Me siento muy solo.” En esas cuatro palabras se resumía la principal problemática del ser humano. La soledad obligatoria. La indeseada. La que proviene de llevar una carga a cuestas, sin tener con quien compartirla; la que se gesta en silencio después de muchos días de sembrar sin cosechar. ¡Ese es el secreto para diferenciar lo que causa plenitud de lo que ocasiona pesar! Saber si es forzado o voluntario. Todo lo forzado se convierte en coercitivo, porque atenta contra la libertad. De esa forma, es nociva la dieta forzada porque no hay que comer (en contraste con la dieta voluntaria de quien felizmente busca estar más sano)… o el ejercicio forzado en una prisión (en contraste con el ejercicio voluntario de un atleta que se entrena de buen agrado).

—¿Por qué te sientes solo, papá?

—A veces parece que, haga lo que haga, nunca es suficiente, estoy muy cansado; nos encontramos al borde de la quiebra…

Mi padre, siempre fuerte, esa noche parecía otro. Físicamente empequeñecido por creerse perdedor de una batalla que sólo él conocía, pero moralmente engrandecido a causa de la humildad de quien se reconoce necesitado de amor.

—La soledad debilita —susurró y después agregó—: ¡Y la debilidad es el peor enemigo de la humanidad! Nos hace vulnerables al fracaso, nos lleva a tomar malas decisiones. Muchos tiran la toalla al sentirse solos, se rinden por falta de motivos, porque no hubo alguien capaz de romper el silencio que embargaba su alma.

Contemplé a mi papá en cuclillas junto a la cama. Al verlo quebrantado, lo admiré… Quise abrazarlo, pero permanecí quieto, aquilatando la singularidad del momento.

Lo observé unos segundos más; después me puse en cuclillas a su lado.

—Papá —coloqué con timidez un brazo sobre su espalda—, cuentas conmigo. Voy a trabajar en tu negocio de capacitación. Tengo algunas ideas que podrían levantarlo. Puedo dar clases de matemáticas; también sé redacción y ortografía. De algo servirá. No estás solo. Voy a ayudarte en cualquier cosa que necesites. Saldremos adelante, porque estamos juntos.

—Gracias, hijo —hizo una larga pausa; luego agregó sonriendo—: El amor fortalece, ¿lo has notado? Quizá no tenemos todas las respuestas, pero si estamos unidos podremos triunfar en medio de la crisis.

Asentí.

A un animal herido puede salvarle la vida el apoyo de la manada o el cobijo de la madre lamiendo sus llagas… Sin duda, el amor fortalece. En esta época de prisas y competencia feroz la gente está débil porque carece de amor, de compañía sincera y de apoyo incondicional. Le hace falta lo más importante: el amor, que hace girar los engranes internos de nuestra vida.

Si alguien tiene amor, cuenta con el vigor para estudiar, emprender labores extenuantes, trabajar de sol a sol y aun dar su vida en pro de sus ideales. Es un motor que nos brinda energía, al que podemos volver cada vez que nos sintamos débiles. Un abrazo, una sonrisa, una palmada en la espalda… qué importantes son en los momentos de adversidad.

Al contar con una persona especial a quien abrazar, con quien compartir las alegrías y las tristezas cotidianas, la debilidad y los malos sentimientos se esfuman…

Querido lector, no necesitas estudiar técnicas complejas para hallar la plenitud. Sólo vuelve a lo esencial. Trabaja en lo que te gusta. Enfrenta retos. Aprende cosas nuevas. Pero, sobre todas las cosas, ama más, ama con mayor enfoque, ama con toda la intención. Y también déjate amar. ¡El que ama, crece! ¡El que ama, no muere!

Recuadro (con foto del libro y código bidimensional)

 

Los ojos de mi princesa 2

 

“Con un estilo adictivo ya conocido por sus lectores, Carlos Cuauhtémoc Sánchez ha escrito una novela magistral que plasma los temores y frustraciones del amor. Con afinadísima técnica literaria, cuenta una historia absorbente, íntima y poética que se precipita hasta un final inesperado. Sheccid, el personaje más fascinante y complejo del autor, reaparece para enfrentar al protagonista con el significado de su vida, retomando así una de las historias más conmovedoras y exitosas de los últimos tiempos”.

José Francisco Hernández

Autor y crítico literario

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