Tras la elección de Donald Trump, quien llegó a la presidencia de Estados Unidos con un discurso racista y de odio, el libro “1984”, de George Orwell disparó sus ventas a niveles no vistos en varias décadas, quizá por la previsión que hizo de la llegada de una sociedad en la que se manipula la información y se practica la vigilancia masiva y la represión política y social. En cualquier caso, se trata de una novela política que nadie debe perderse.

 

 

Un Estado sombrío

Al escritor George Orwell le bastó mirar a su alrededor, tras la Segunda Guerra Mundial, para dar con el clavo de qué era lo peor que podría pasarle a la humanidad a partir de aquel trauma. Su fábula novelada 1984 (en la que nos cuenta el andar de Winston Smith) entremezcla en un solo Estado los métodos más inhumanos del comunismo estalinista, del nacionalismo hitleriano y del capitalismo redentor. En este sitio, la práctica del odio, la sumisión obligatoria, la represión del placer, la invasión y la vigilancia de la intimidad, son valores superiores a la libertad y a la vida humana mismas.

Por ejemplo, para el Ministerio de la Verdad, dedicado a modificar el pasado y reacomodarlo de manera que siempre respalde al gobernante, Orwell se pudo haber inspirado en los métodos de alteración usados por la prensa de José Stalin, líder de la URSS, quien falsificaba la realidad al ordenar borrar a los antiguos aliados de sus fotografías (Trotski, Kamenev y el siniestro jefe de la policía Yezhov). Por otro lado, el escritor imprimió un aura nazi-estalinista en el Ministerio del Amor, institución donde la tortura y la desaparición de personas son la constante, tal como ocurría en los campos de concentración y exterminio que tantos deshumanizados nacionalsocialistas dirigieron con atroz y fanático convencimiento. Por el lado de la democracia capitalista, se podrían asociar a ésta el doblepensar (que es “decir mentiras a la vez que se cree sinceramente en ellas”, como quien invade países en nombre de la libertad) o hasta el Ministerio de la Paz, que busca mantener de manera permanente el estado de guerra con fervorosa paranoia.

 

Un catálogo ampliado

Hay otros ejemplos originales de dominación que emergen de esta obra: la neolengua (un idioma cuyo fin es evitar que se generen pensamientos profundos), las telepantallas (tecnologías que pueden transmitir lo que el partido disponga, a la vez que se convierten en ventanas de vigilancia de la intimidad), así como la policía del pensamiento y los minutos de odio que se reservan al traidor que el partido mandata despreciar.

A pesar de la simpatía intelectual que sentía Orwell por el socialismo, el sometimiento que ejercían los líderes comunistas sobre quienes cuestionaban sus prácticas fue el combustible principal de su ficción. Parodió hasta el espanto el “culto a la personalidad” (que se desarrollaba tras el Telón de Acero) para perfilar al líder, al benefactor fetiche, que se debía admirar: el Gran Hermano. Una sola frase, en inglés, define este amor-miedo que emana de esa figura: “Big Brother is Watching You”, que tiene dos posibles traducciones: “el Gran Hermano te cuida” y “el Gran Hermano te vigila”.

Durante los años 1946 y 1948, en la isla de Jura, Escocia, en la casa prestada por un amigo editor, Orwell emborronaría cientos de hojas con su caos creativo: “El borrador es siempre un lío espantoso que guarda poca relación con el resultado final, pero de todos modos es la parte principal del trabajo”. Aquella temporada en la isla, acompañado por su hijo adoptivo y su hermana Avril a lo largo de uno de los inviernos más fríos del siglo, la salud de Orwell, que no había sido muy robusta, empeoró.

 

Un territorio conocido

El éxito de la novela fue inmediato debido a que los lectores reconocieron los peligros de una sociedad así. No sólo eso, comenzaron a notar que aquella distopía adquiría mayores posibilidades de realidad cuando asomaron las tensiones internacionales que ahora conocemos como Guerra Fría.

En Estados Unidos, las campañas de miedo contra la“ amenaza roja” se transformaron casi en la puesta en escena de la “policía del pensamiento” de 1984, con representantes tan peligrosos como el senador Joseph McCarthy, quien a través de actos como premiar, amenazar y chatajear a diversas personalidades fabricó delitos e inició una de las peores y más descaradas historias de persecución de “conciencias” de esa nación. En la URSS, la desaparición de enemigos y su traslado a Siberia seguía siendo una constante de la que los lectores de la obra estaban más o menos enterados. Por ello, un mundo así de trastornado, como el de la ficción, les parecía que era posible porque era muy similar al que estaban viviendo.

 

¿Ya estamos en esa sociedad?

En 1949, fecha de su primera edición, faltaban 35 años para 1984; en 2019 se cumplirán 35 años a partir de entonces. En esos 70 años, ¿la advertencia de crítica sigue vigente? Sin duda. Si por algo ha llegado esta obra a convertirse en un clásico no ha sido sólo por su prosa cuidada y por una anécdota que se adentra hasta las últimas consecuencias en la oscuridad de la hipocresía, sino porque además sus vaticinios parecen cumplirse conforme se desarrolla la tecnología. Desde cámaras de vigilancia que pueden ser utilizadas para espionaje; leyes amañadas para amordazar la libertad de expresión; teléfonos celulares que pueden ser infectados con programas que activan remotamente el audio y la cámara e invaden el espacio personal; una corrección política que por un lado busca generar el encuentro entre visiones distintas y por otro lincha mediáticamente sin miramientos a quien ose transgredir sus postulados; el robo de datos sensibles (cuentas, fotografías, cartas personales) a través de internet; el estado de violencia constante, casi inducido por malas prácticas administrativas y feroces sistemas económicos, y hasta la banalización y la neutralización de esta crítica en programas televisivos que alimentan el morbo de observar a personas en una casa 24 horas/siete días a la semana… 1984 permanece válida y aterradoramente trágica ante estos hechos.

¿El ser humano ya no tiene redención? Para nuestra desgracia, George Orwell murió un año después de publicar su libro, y su obra, con ello, mantuvo el dejo de pesimismo sobre la humanidad. Pero quizá también en el personaje de Winston están las claves para evitar transformarnos en esa pesadilla: cuestionar a la autoridad y a la sociedad en sus injusticias, apropiarse de la alegría y el placer del amor, y buscar la libertad no sólo individual sino colectiva. Ese parece ser el único camino para quien abraza el valor de rebelarse frente a la opresión.

 


* Escritor de ficción narrativa, autor de los libros de cuentos Mi vida como payaso salvaje (2007) y Postales de Nundá (2016), y de la novela La noche que asolaron Tokio (2013).

 

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